Mientras The Weinstein Company anunciaba The Hateful Eight, de Quentin Tarantino, el director originario de Knoxville, Tennessee, hacía el berrinche de su vida, debido a que el guión de la película se había filtrado en la web.

Mientras con bombo y platillo, la productora The Weinstein Company anunciaba “el gran suceso” de la realización de la octava película de Quentin Tarantino , el director originario de Knoxville, Tennessee, hacía el berrinche de su vida, debido a que el guión de la película se había filtrado en la web. Enojado por el incidente, Tarantino puso en jaque la producción del filme.

Sin embargo, con el compromiso en puerta, Tarantino decidió hacer el filme, pero con algunos pequeños y costosos cambios: reescribir el guión y filmar en un formato de 70 mm. Al tratarse de uno de los directores más taquilleros del cine contemporáneo, los productores no pudieron decirle que no.

Para este pelado que escribe, The Hateful Eight es precisamente el resultado de ese berrinche, pues el señor Tarantino parece haber encontrado la excusa perfecta para jugar con todo lo que ha creado en su filmografía y experimentar buscando que monstruo saldría de ese laboratorio.

Con 8 desconocidos encerrados en una cabaña (que en realidad son 9), Tarantino nos propone un juego de CLUE (el juego de mesa) para ver ¿quién es el asesino?, por medio de pistas que nos ayudan a ir desenmascarando a cada personaje, descubriendo su verdadera identidad (algo como Scooby Doo, pero con más diálogos).

Este juego macabro comienza muy bien; las piezas se van acomodando en el tablero de manera sobresaliente, con secuencias visualmente hipnotizantes en la nieve y la presentación de cada personaje, es mas certero que el mejor pistolero de cualquier Western (¿Western?, sí, The Hateful Eight es hijo del Western, aunque un hijo bastardo). Sin embargo, la película contada en seis capítulos es un caballo galopante que se cansa, dejándonos a nuestra suerte, en plena intemperie de la ira Tarantinesca, a los que vamos montados en él.

La anomalía que le encuentro al filme, principalmente está en un detalle muy obvio, pero que parece imperceptible para el fan más “Tarantinéfilo”: los silencios. Piense un momento en su película favorita de Tarantino y mentalmente haga un cálculo aproximado del tiempo sin diálogos en ese filme. Es poco, ¿verdad?. Bueno, en The Hateful Eight esos silencios probablemente sean pocos también, pero aquí se acentúan mas, debido a que Tarantino baja su cuota de secuencias musicalizadas y las transforma en silencios de una expectante tensión que ponen al desnudo algunas lagunas de su narrativa.

Cada detalle del cine de Quentin, está presente en The Hateful Eight: las tomas contrapicadas desde el maletero, la violencia, la verborrea salpicada de humor negro, música atemporal a la historia, e incluso los cigarrillos Red Apple, pero, algo falta o quizá algo sobra. Como el discurso políticamente correcto, por ejemplo.

Afortunadamente nos queda Jennifer Jason Leigh en un papel exquisito como la salvaje forajida, Kurt Russell, Tim Roth y Demian Bichir que están muy bien. Pero sobre todo, nos queda la cámara, testigo incorruptible de la calidad de cineasta del señor Tarantino, quien a través de ella nos cuenta una historia más interesante y mucho más rica como filme.

Los 70 mm del filme, empleados anteriormente para filmar exteriores, son usados atrevidamente en el interior de la cabaña, dando la sensación teatral y mucha atención al detalle en primer y segundo plano (pongan atención a las pistas que va dejando Quentin para resolver el misterio, como la partida de ajedrez o el frijol de dulce). Además, Tarantino se da el lujo de jugar con una toma en exterior de la cabaña que parece salida de una película de terror y una iluminación irreal que enfatiza los detalles y lugares a los que Quentin quiere que veamos.

Terminaré diciendo que esta es la película menos afortunada de Tarantino, pero aún así,  detrás de tanta palabrería y discurso político, hay mucho cine en The Hateful Eight y le recomiendo que se deje llevar por sus ojos más que por sus oídos. Ojalá Tarantino dejara hablar menos a sus personajes y más a su cámara.

 

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