La Camarista es una notable ópera prima que da foco a los que usualmente permanecen fuera de él y nos adentra en una lucha diaria por romper la rutina de sobrevivir y buscar vivir.

En las grandes ciudades es muy fácil perderse entre la gente, en la calle, en la soledad; pero hay algo aún más terrible que eso: el hacerse invisible en ellas, perdiendo tu identidad a cambio de sobrevivir en la gran urbe.

Cientos de personas que dejan su hogar cada día, para transportarse por largas horas hasta sus trabajos en las grandes ciudades, mismos que los consumen hasta volverlos invisibles para los que transitan a diario, desde una posición más privilegiada. Viviendo para trabajar, olvidándose se trabajar para vivir.

La Camarista es una mirada de cerca a estos personajes que en muchas ocaciones, la gente los considera una parte más del lugar y no seres humanos con una historia que contar.

Eve es una joven madre soltera que trabaja como camarista en uno de los hoteles más lujosos de la Ciudad de México, trabajo para el cual debe trasladarse por varias horas desde la comunidad donde vive. Las jornadas laborales extensas son un obstáculo para que Eve no pueda cuidar a su hijo, por lo cual una vecina le hace el favor. A pesar de la situación desgastante, ella está convencida de que su situación mejorará cuando sea ascendida a un mejor puesto.

La directora y co-guionista Lila Avilés nos presenta un microcosmos urbano dentro de un inmenso y lujoso hotel, en el cuál colonia de hormigas, hay todo un mundo de gente trabajando a diario para sobrevivir con los suyos, y hacer funcionar el gran complejo destinado a la comodidad de sus huéspedes.

La monotonía de las acciones que realizan los personajes están acomodadas en el montaje a manera de un loop en el cuál no sabemos en que día estamos, ni la hora, sólo son situaciones de la rutina que Eve y los empleados del hotel viven a diario; sin embargo, esta continuidad se rompe con pequeños momentos de interacción entre los personajes, tan mínimos como el intento de vender unos Tupper Ware, las conversaciones de la irreverente y genial Mini Toy o la inesperada labor como niñera del bebé de una huésped argentina.

Estos momentos nos rompen la monotonía y nos dejan ver que, detrás de esos trabajadores que se mimetizan con su entorno laboral, hay personas con emociones contenidas, esperando liberarlas como en el coqueteo de Eve con el limpia vidrios o su punto de quiebre rumbo al desenlace.

La fotografía junto con el monocromático diseño de producción completan el asfixiante entorno de Eve a la que acorralan en encuadres dentro de lugares pequeños como las bodegas de toallas, la pierden en un camuflaje de uniforme igual con todos sus compañeros, o la minimizan dentro de la lavandería entre toallas que la hacen parecer insignificante a través del gran angular.

Toda esta marcha rutinaria, sin darnos cuenta, se va convirtiendo en una bomba de tiempo dentro de Eve, quien se rehusa a ser un fantasma, una camarista más que se instala en un oficio sin progreso, por ello es que el epílogo va en tono ascendente y nos advierte que todo está a un paso de romperse o a nada de quedarse todo como está, para siempre.

Su escena final nos muestra que, en cierto sentido, esta es una película revolucionaria, en una lucha por consumarla.

Mario Barreto
La Camarista: los fantasmas de la gran ciudad 1
La Camarista
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4

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Reseña Panorama
La Camarista
Mario Barreto
Desayuno cine; de lunch, cine; como cine y para cenar un poco de Netflix.