Babasonicos, la cautivadora agrupación hizo la última parada del viaje Impuesto de Fe en nuestro país, agotando cada espacio disponible del Teatro Metropolitan.

Argentina ha visto crecer a incontables talentos, muchos de ellos se desvanecieron incluso antes de llegar al vox pupuli, sin embargo, conserva sus tradiciones culturales en cualquier ámbito.

Babasonicos se logró posicionar rápidamente en la lista de favoritos de los años 90s, elevando su género y tocando el alma de los más bohemios. El pasado 20 de julio recapitulo de la forma más atractiva sus preciados tesoros.

El Teatro Metropolitan engalanó el atuendo pertinente. Con el telón aun abajo, luces rojas y tenues alumbraban el escenario, la obscuridad y la inquietud de su fanaticada eran participes en todo momento. Un outfit completamente romántico.

Como si fuera la dama más cotizada del mundo, los espectadores no encontraban tranquilidad en su pecho. Cuando el reloj marcó las 8:50, el sonido de un tambor presagio una noche perfecta con la compañía perfecta. El telón se abrió, la musa estaba lista para dejar caer su vestido adornado con rock pop y deleitar a la incontrolable multitud.

Una impecable interpretación de Natural fue elegida para el ritual de iniciación, el cual solo incentivó en la masa iracunda un apego resguardado años atrás.

Adrián Dárgelos sabe cómo tratar a su gente, desde su última participación en el Vive Latino 2017 redactó en su anecdotario instrucciones precisas para que su próxima visita no dejara nada a la imaginación.

La alineación concordaba perfectamente con las exigencias de los más aguerridos, respetando el derecho de antigüedad de los miembros, pero brindando cobijo a sus nuevos prospectos, reconociendo con admiración la decisión tomada para contemplar la pureza de Rubí.

La velada seguía avanzado, abrazando a la audiencia y dándole el valor que merece, llegó el momento que todos sabían que llegaría: -“Si fuimos carne de la intriga casquivana, que la imprudencia del rumor hoy desató………….”

Irresponsables entró en el más recóndito de los asientos del teatro. Calor, sudor, excitación, palpitaciones aceleradas, gritos desesperados y el recuerdo de ese amor prohibido, formaron parte ambiente.

Siguiendo con el obligado inside a Infame (2013), Sin Mí Diablo formó parte del repertorio y presumiendo los múltiples galardones de este su séptimo disco, mostraron la experiencia de 25 años de trayectoria. Putita fue un golpe bajo, incluso para el despecho, entrando en el inconsciente de su melancólico público para recordar a un amor compartido en el que la fuerza desmedida por aferrarnos, casi nos destruye.

Con un compromiso puntual, siendo a las 10:20 las luces se apagaron dejando al recinto en silencio, augurando la despedida y poniendo en duda la participación de los argentinos.

Afortunadamente 4 minutos después las especulaciones terminaron, tiempo de respiro que fue suficiente para regresar a danzar en su recorrido.

Encajando en las peticiones más exclusivas la presentación transitaba por la su vasta colección de tracks, sorprendiendo en cada especificación.

Transcurrirá la noche con nostalgia, agotando cada minuto pero aprovechándolo al máximo. Sintiendo un hueco en el estómago por lo que se aproximaba lentamente se escuchaban cientos de halagos que traban de evitar el inminente cierre. Los oídos de la agrupación no permitieron que el aclamo por un último tema penetraran a su bien resguardado corazón.

Llegó la hora, para el tiempo brindado se esperaba una apropiada despedida pero apegados a un plan previo a su estancia, El Colmo no fue seleccionado aunque sería para complacer a la insatisfacción, la cual no alcanzó lugar.

Con una caravana y una sonrisa amarga por su momentánea despedida, cierra la gira de celebración por un cuarto de siglo en el gusto de la gente, dejando un sinfín de incógnitas en el aire. Por nuestra parte agradecemos la amabilidad y el trato con nuestro sistema auditivo. No decimos adiós sino hasta pronto.

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Diego Vazquez
Príncipe de Cd. Nezahualcóyotl. Partidario de la libertad artística, voy por la vida defiendo a los bulleados musicales aunque no siempre gane. No existe música sin sentido, solo gente sin sentimientos.