Tras 36 años de vivir en los escenarios, La Castañeda se despidió en el Auditorio Nacional.
Es muy feo que la incertidumbre se apodere de tu día. Así me pasó este sábado 7 de junio, pactado para el cierre de la gira de La Castañeda en Ciudad de México.
Y es que con ellos nuca sabes a qué te vas a enfrentar. Cada concierto, sin importar el recinto, es distinto.
Te puedes topar con actos circenses, artistas pintando en vivo grandes cuadros, bailarines personificados, hasta una pantalla traslúcida con sin fin de visuales. Eso sí, todos convergen en la locura.
Primer acto
En esta ocasión, La Castañeda preparó su adiós de los escenarios desde meses atrás. Decidieron que el festejo comenzara en la escalinata del Auditorio con el andar de diversos personajes. Los mismos de La Nave de los Locos, de Jerónimo de Bosh, El Bosco.
Ya desde que sonó El Loco en segundo lugar, se dejó entrever que sería una noche nostálgica y épica para los mas de 9,000 seguidores de la banda, que pudieron cantar y brincar sin pena a ser juzgados.
Todo el concierto se trató de estimular los sentidos de la gente, porque la temática de las canciones se prestan. Siempre tienen un personaje central. Como fue el viaje por el Globo Negro, Hilo de Plata, Servicios Generales, Doble Llama.
La locura no se puede encontrar en estado salvaje. No existe sino en una sociedad, ella no existe por fuera de las formas de sensibilidad que la aíslan y de las formas de repulsión que la excluyen o la capturan. Al menos así lo describió Paul-Michel Foucault, psicólogo y filósofo francés. La Casta lo confirmó.
El escenario sobrio, con creatividad y calidad artística, acogió a invitados y protagonistas: Héctor Quijada, José Manuel Aguilera, Sergio Arau, Ponchito Figueroa, Pato Iglesias, Tania Melo, Natasha y Andry Cervantes, Armando Palomas, Ramón Sánchez. Así como todo el elenco de Garra Producciones.
Son dueños del lugar. De eso se trata la celebración, porque a lo largo de su carrera en sin fin de templetes pisaron y vivieron de la euforia colectiva. Músicos que saben su trabajo, y sobre todo lo aman.
Segundo acto
Por más de tres décadas, La Castañeda ha sido mucho más que una banda de rock: fue un laboratorio sonoro, un refugio para los inconformes y un espejo de las emociones humanas más profundas.
Inspirados en el mítico hospital psiquiátrico que dio nombre al grupo, su propuesta siempre desbordó lo convencional: música, teatro, performance y arte visual se fundieron para contar historias de locura, protesta, introspección y libertad.
Desde aquellos años en los que Salvador Moreno (voz), los hermanos Omar y Oswaldo De León (teclados y guitarra), y Felipe Maldonado (batería) comenzaron su andar en escenarios poco amigables con el rock nacional, su propuesta se sintió como un grito rebelde.
En un México donde el acceso a los foros, disqueras y medios era escaso, La Castañeda se lanzaron al ruedo sin miedo. Contra corriente, como buenos tercos y soñadores, lograron abrirse paso con temas que se volvieron culto: Cenit, El Loco, La Espina, Noches de tu piel; himnos para quienes necesitaban un refugio en medio del caos.
Y aunque el mundo cambió —de los fanzines y los carteles pegados con engrudo a las plataformas digitales y los algoritmos— La Castañeda no perdió el rumbo.
Supieron adaptarse sin vender su esencia. Mantuvieron su identidad, esa que mezcla lo dramático con lo visceral, lo oscuro con lo espiritual. Eso que solo ellos sabían hacer.
Tercer acto
Ahora, tras una intensa trayectoria, llegó un respiro. Para diversos medios, Omar De León confesó que es tiempo de poner pausa y atender esos proyectos personales que habían quedado al fondo del cajón.
Nada de dramas ni peleas, todo lo contrario. A 36 años de convivir, de compartir escenarios, carreteras y batallas, el grupo sigue unido, pero reconoce que también es importante cuidarse por dentro.
Esta despedida, más que un adiós, suena a una tregua. A un descanso necesario. Canciones como La Fiebre de Norma, Gitano Demente, Tóxico Mágico, El Ángel de las Sombras y muchas más, dejarán de retumbar en vivo por un tiempo, pero seguirán vivas en los oídos de más de 99 mil fieles seguidores que llevan su legado tatuado en la piel y en el alma.
La Castañeda no se va en silencio. Se despide con dignidad, dejando claro que su legado no es una moda pasajera, sino una parte fundamental del rock mexicano.
Su historia es testimonio de lucha, arte y locura, una herencia para nuevas generaciones que también buscan romper esquemas y encontrar su voz.
Porque al final del día, La Castañeda nunca fue solo una banda. Fue una forma distinta de ver el mundo. Y eso, por más pausas que haya, jamás dejará de sonar.