Cagalera y Moloteco son dos adolescentes de San Gregorio Atlapulco que buscan desesperadamente alejarse de las circunstancias opresivas en las que viven. Cuando se enteran de la oportunidad de comprar una plaza en el sindicato de electricistas, que podría transformar sus vidas, se adentran en el oscuro mundo criminal de la Ciudad de México, en un intento por comprar su libertad.

Gael García regresa como director en su segundo largometraje Chicuarotes, término que significa “necio” o “terco”, adjetivos que pueden explicar las ganas del actor por volver a la silla de dirección. Pero esa terquedad parece estar rindiendo frutos.

Con guión de Augusto Mendoza, Chicuarotes presenta una fábula urbana sobre la vida marginada de dos adolescentes que no conocen otra cosa de la vida más que la realidad que está en sus narices: robos, mendigar, impunidad, violencia, secuestros, todo forma parte de su día a día, alejados de un juicio moral, son ideas para poder obtener dinero fácil.

En su secuencia inicial, Cagalera y Moloteco suben a un microbus a pedir dinero haciendo un acto de humor vestidos de payasos, al ver que nadie les da ni un peso, Cagalera saca un revolver que le robó a su padre y asalta a todos los pasajeros diciendo “se los pedimos por las buenas, ahora va por las malas”, como si se tratara de un protocolo para medir la caridad de los pasajeros, como dándoles una chance de ser buenos contribuyentes antes de verse orillados a robarles todo. Es interesante que la película comience con esta secuencia porque nos damos cuenta que los chavos no son malos, sólo actúan acorde a lo que saben hacer, y aún cuando tienen la posibilidad de asaltar el camión desde el inicio, deciden hacer el acto de payasos como primer opción.

El guión tiene varios puntos destacables que hacen funcionar la historia, como la comedia. Chicuarotes es una comedia y por momentos algo negra sobre la realidad del país, específicamente de la Ciudad de México; no busca retratar la realidad, ni meternos en la miseria queriéndonos vender una conciencia ajena, desde el inicio nos desconecta de ese panorama con el humor y nos presenta la situación sólo como el contexto de una historia que se moverá por caminos alejados de un retrato documental.

El gran casting hace que la película llame el interés desde su primer escena, con las grandes actuaciones de Benny Emmanuel y Gabriel Carbajal (quien es actor no profesional), respaldados por nombres como Dolores Heredia y Daniel Giménez Cacho. Es precisamente en este rubro dónde podemos identificar el gran salto que Gael García ha dado como director desde su ópera prima Déficit (2007); en Chicuarotes, Gael dirige a sus personajes a un callejón metafórico dónde cada uno buscará cómo salir de él acorde con su visión de la vida y su moral en ese micro universo. Algunas actuaciones se sienten fuera de tono y entorpecen ciertas escenas que nos hacen desconectarnos por momentos de la trama (la escena del río, por ejemplo), pero conforme la trama va avanzando, la película toma un rumbo difícil de no seguir, en el cual los personajes van creciendo y no sabemos a dónde nos van a llevar.

Otro aspecto interesante es ver cómo Gael siguiendo su guión, va construyendo su protagonista a través de diálogos plagados de humor, la relación de amistad que tiene con el Moloteco, y el natural carisma del actor que lo interpreta; pero es más interesante cómo el personaje termina traicionando esa empatía.

El rumbo que toma la película en el punto medio conduce a un final dónde Bernal no tiene miedo de llevarlo a lugares incómodos, poco éticos, y autodestructivos que pueden no agradar al espectador, pero que nos dejan presente un cambio del chico al que lo han devorado las circunstancias de su entorno.

Hay una escena en la que Sugheili explica a cagalera que los ajolotes ya no pueden vivir en otro lugar que no sea la pecera en la que los tiene, porque estos se pueden morir; los jóvenes de Chicuarotes son esos ajolotes, quizá pueden huir del lugar dónde les tocó vivir, pero no pueden escapar de lo que son (el fósforo de la cajita del casino de Las Vegas consumiéndose, funciona como metáfora de lo inalcanzable).

El final abierto termina siendo una consecuencia de las decisiones trágicas que toman los personajes, no hay soluciones definitivas, sólo nuevos caminos en espera de opciones por tomar, que pueden ser mejores o peores que las que los han llevado hasta ese punto.

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